Cambiar el mundo de las supermodelos por la estética aplicada a la salud fue cosa del destino. Una amiga suya, periodista de diario ABC, acudió al centro de estética que Ángela tenía en la calle Jorge Juan de Madrid para intentar “corregir” los destrozos que el cáncer había dejado en cuerpo. El resultado fue mejor de lo que ambas imaginaron y, a partir de ahí, la estilista decidió contar al mundo lo que se podía hacer aplicando la estética a la salud.

Gracias a Teresa Tojar y Ana Álvarez, oncóloga y psicóloga respectivamente de la Asociación Española de Lucha contra el Cáncer (AECC), el proyecto de crear una fundación para la estética oncológica se hizo realidad. “Ellas me ayudaron a entender la idea desde el principio”, aseguró Ángela Navarro. Tras unas conferencias de la asociación a las que ella asistió, se dio cuenta de cómo le importaba al paciente oncológico su aspecto.

La que fuera peluquera de Pedro Almodóvar insistió en el ocultismo con el que se trataba el cáncer hace 20 años. Entonces no importaba la estética oncológica; el único objetivo del paciente era ocultar la enfermedad e impedir que la gente se enterase de lo que estaba pasando. “El cáncer era un tema tabú”, pero por su suerte, hoy en día, el hecho de cómo abordar la enfermedad ha cambiado mucho, explicó.

Comunicación entre especialistas

“Me aconsejaron hacer una Fundación de Estética Aplicada a la Salud y así hice. Me he dedicado 10 años a la formación en una estrecha colaboración con los especialistas. La comunicación con el dermatólogo, el oncólogo, el psicólogo el médico estético eran imprescindibles para hacer un engranaje de todo esto. Abordar el deterioro físico necesitaba involucrar a muchos profesionales”.

Su centro de estética comenzó a llenarse de pacientes oncológicos que querían mejorar su aspecto. Del glamour de su centro en Jorge Juan al enfermo de cáncer había un abismo, y pronto se encontró en la necesidad de crear un espacio para abordar la estética oncológica por completo. Empezó con un acuerdo con la AECC: ella asumía un número gratuito de pacientes y otro tanto por ciento los dejaba a precio de costo; este era el pequeño I+D del negocio.

“Mi objetivo ha sido y sigue siendo la formación. Tengo un mercado abierto, pero el paciente tiene necesidades constantemente y hay que adaptarse a ellas. Uno de mis logros, del que más orgullosa me siento, ha sido el curso de formación”.

Ángela se dio cuenta de que la formación era imprescindible. Nada más iniciar esta aventura, hizo un curso de estética aplicada a la salud que se publicó en varias universidades y en la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). Tener de acuerdo a todos los especialistas necesarios: dermatólogos, oncólogos y médicos estéticos, no fue tarea fácil, pero integrarlas a todas era imprescindible para empezar.

Del ocultismo al éxito

Después de más de 10 años oculta, hoy puede presumir de haber levantado algo grande. Los inicios fueron muy duros, y ella se sentía impotente, sobre todo cuando al levantar una peluca veía cómo la piel se deterioraba por la enfermedad y algunos dermatólogos la ignoraban, pese a sus intentos por buscar soluciones.

Para Ángela, el paciente que recurre a la estética oncológica sabe que la autoestima es necesaria. Levantarse por la mañana, mirarse al espejo y observar que no hay pelo, cejas ni pestañas, la piel está irritada y, además, tienes cáncer… deprime. Mejorar la imagen, según la estilista, te da libertad y anonimato. Permite al paciente cuidarse, prestarse atención, dedicarse a uno mismo.

Como persona, no tiene muy claro lo que le aporta esta iniciativa. “Mi vida anterior era muy fácil; ahora es caos”. Para ella, la satisfacción llegará cuando vea que la formación da sus frutos. Ahora tiene un taller donde reproduce la estética del paciente o les da la opción de cambiarla con un equipo formado. “Si supieras las veces que he querido dejar este proyecto, no te lo creerías. ¿Para qué quería sufrir yo con el trabajo que tenía?”, concluyó.