“Siempre ha sido evidente que algunas personas tienen un mejor sentido del olfato que otras, pero por fin sabemos por qué”, señala Rachel Herz, autora principal del estudio. "Este hallazgo es muy importante para la ciencia de la percepción olfativa. Esto no se había sabido antes y es la primera evidencia clara y directa".

La autora indica que el olfato es una habilidad importante para recibir información sobre peligros, como fuego cercano o comida en mal estado. “Los cambios en el olfato durante el día pueden afectar a la capacidad de apreciación del entorno e, incluso, influir en nuestra alimentación”. Herz señala que el olor se asocia con el consumo de alimentos, una idea que perfila en su libro Por qué comes lo que comes.

Para llevar a cabo el estudio, los investigadores pidieron a 21 niños y 16 niñas, todos entre las edades de 12 y 15 años, que durmieran en un horario fijo durante 2 semanas antes de presentarse en el laboratorio de sueño del Hospital Bradley. Después de una noche de adaptación en el laboratorio, los adolescentes comenzaron un ciclo de un mes en el que en cada semana se dormían 4 horas más tarde.

Todo el tiempo vivieron en el interior con poca luz y solo se relacionaron con el personal del hospital y entre ellos. El objetivo era separarlos de las interrupciones típicas del sueño y de las señales externas de la sincronización circadiana. De esta manera, sus ritmos circadianos internos inherentes pudieron medirse, al igual que la sensibilidad de su sentido del olfato en todo momento a lo largo de sus ritmos, explica Carskadon.

El equipo midió el ritmo circadiano al detectar en la saliva los niveles de la melatonina, la hormona que indica el sueño. La secreción de melatonina comienza una hora antes de que se manifieste la necesidad de dormir. Los expertos evaluaron la sensibilidad al olor a través de la prueba Sniffin Sticks, una técnica común para medir los umbrales de detección de olores. Los investigadores determinaron la concentración umbral del olor que los adolescentes podían detectar. El olor se evaluó cada 3 horas mientras los adolescentes estaban despiertos.