“Los problemas de salud mental están sobrerrepresentados entre los pacientes sometidos a rinoplastia”, sentencia Erika Strazdins, autora principal del estudio que publica JAMA Facial Plastic Surgery. Para tomar una decisión sobre la conveniencia de la rinoplastia, los cirujanos y otorrinolaringólogos suelen depender de autoinformes preoperatorios elaborados por los propios pacientes; sin embargo, Strazdins aboga por confiar en las evaluaciones objetivas del flujo de aire para validar dichos reportes.

Para demostrar esta hipótesis, la investigadora realizó un estudio transversal con 495 pacientes de 2 centros australianos especializados en rinoplastia que, entre diciembre de 2011 y octubre de 2015 se presentaron para la evaluación de sus vías respiratorias. Todos ellos se sometieron una encuesta corta de salud mental, a la caracterización de autoestima mediante la escala de Rosenberg y a un cuestionario sobre preocupaciones dismorfofóbicas. Por otro lado, los investigadores evaluaron la función nasal:

  1. Rinomanometría anterior activa y rinometría acústica.
  2. Escala de evaluación de síntomas de obstrucción nasal (Nose).
  3. Prueba de resultado sinonasal de 22 ítems (Snot22).
  4. Escala analógica visual (Vas).
  5. Escala de Likert.

Tras realizar las pruebas, los autores confirmaron que, los pacientes con un estado de salud mental pobre o una baja autoestima percibían que su función nasal era significativamente peor en todas escalas de medición; sin embargo, esta asociación no se producía entre los pacientes con preocupaciones dismorfofóbicas.

“Los autoinformes de un paciente con un estado de salud mental deficiente pueden no reflejar la función nasal verdadera” concluye Strazdins; por lo tanto, “deben ser abordados con precaución por parte del cirujano antes de aprobar su rinoplastia”.