Tal como publica la revista Journal of Bone and Mineral Research, el equipo examinó los datos de 2.300 niños nacidos en la década de 1990, cuando estos tenían 18 meses y después a los 17 años de edad.

La prueba consistió en una medición del tamaño, la forma y la densidad mineral en los huesos de la cadera y la espinilla. Los bebés que ya caminaban a los 18 meses, presentaron mejores resultados y entre estos, destacó la resistencia ósea de los varones.

La actividad física y el ejercicio temprano también incidieron en la calidad muscular. Un estudio previo, en el que se basaron los investigadores, explicaba que las variaciones en el tamaño muscular eran en un 50% responsables del desarrollo de la fuerza ósea, en el periodo desde la infancia a la adolescencia.

Así, la investigación explica el vínculo entre los movimientos y juegos que realiza un niño y su fuerza ósea más de una década después. Por eso los científicos aventuran que, a partir de ahora, la fortaleza muscular podría actuar como un marcador del bienestar óseo, según han declarado en una nota de prensa.

“Es importante destacar que estos datos podrían tener implicaciones durante el desarrollo del niño”, ha destacado el Dr. Alex Ireland, autor del trabajo, "ayudarían a los médicos a anticipar y detectar el riesgo fracturas u osteoporosis”.

Además, recalca, es muy fácil beneficiarse de los hallazgos, “simplemente con una práctica dirigida por los padres para enseñar al bebé a caminar, se podrían conseguir unos huesos más fuertes al envejecer”.