Tal como publica la revista especializada Pediatrics, los investigadores realizaron un ensayo aleatorizado con 206 bebés sanos cuyos síntomas de arcada y asfixia monitorizaron mediante cuestionario a los 6, 7, 8, 9, y 12 meses de edad. Todos los niños debían comer sentados y bajo supervisión de un tutor, al que se había instruido en el manejo de la reanimación cardiopulmonar (RCP) en bebés.

Así mismo, se les facilitó una lista de alimentos “de riesgo”, tales como galletas, frutos secos, productos cárnicos o verduras crudas, que los menores no debían manejar. Por el contrario, el experimento se llevó a cabo con alimentos susceptibles de ser aplastados fácilmente contra el paladar, como pedazos de brócoli cocido o rodajas de pera blanda.

El 35% de los lactantes se atragantaron con estos comestibles “seguros” al menos una vez entre los 6 y los 8 meses, sin que se produjesen diferencias ente los grupos alimentados por sí mismos y los nutridos por un adulto. Sin embargo, según iba transcurriendo el tiempo, las arcadas de los bebés del grupo BLW eran menos frecuentes. Durante los últimos meses del experimento, se les ofrecieron también alimentos considerados peligrosos, con idéntico resultado.

Los datos sugieren que la ingesta autónoma de alimentos es tan segura como los métodos tradicionales de papillas o purés en cuchara e, incluso, pueden ayudar al lactante a desarrollar antes sus habilidades. Sobre los pequeños episodios de ahogamiento que se produjeron durante el estudio, los autores señalan la necesidad de que los tutores distingan entre arcadas y asfixia real.

El hecho de que los bebés presenten ojos llorosos, empujen la lengua hacia afuera e incluso lleguen a vomitar, puede ser difícil de ver para los padres, dicen los expertos, sin embargo, no es peligroso para el bebé. Sí es necesario actuar cuando el pequeño profiere susurros roncos o tose intentando desalojar la comida de sus vías respiratorias bloquedas.