Para conocer si la audición del bebé está alterada “existe una comprobación obligatoria del estado del oído del recién nacido a las 48 horas del alumbramiento”. Aunque, nada más nacer, el sentido debe funcionar correctamente, “el proceso auditivo evoluciona según avanza el desarrollo neuronal”, pues el sonido que recogen “debe ser interpretado por el sistema nervioso central, algo que no sucede desde el inicio, sino que se desarrolla progresivamente”.

Además, Escudero ha querido recalcar la escasa influencia de un alto volumen de voz en el niño. Pues, según indica, realmente no prefieren los sonidos fuertes, sino que, en realidad, se guían por las variedades de tonos. Así, el recién nacido “es capaz de apreciar las diferencias entre un tono armonioso y el de un sonido brusco”. Ello se debe a que el oído del recién nacido es “primitivo” y realiza una “diferenciación emocional entre los sonidos agradables y desagradables”.

El jefe del servicio de Otorrinolaringología explica que los padres pueden contribuir a mejorar la capacidad auditiva de los bebés como se entrena cualquier otro órgano. La escucha frecuente de personas que hablan “es un buen método de estimulación”, tanto si los progenitores se dirigen a él como si conversan con otras personas. Según indica Escudero, es importante “hablar al niño, aunque no nos entienda”.

Asimismo, es positivo que el recién nacido escuche variedades de sonidos, pues “esa riqueza favorece el desarrollo neuronal y las conexiones entre el receptor auditivo y el resto de áreas cerebrales”, ha concluido Escudero con el objetivo de concienciar a los otorrinolaringólogos sobre las necesidades y deficiencias que puede tener esta población infantil y sobre las recomendaciones que deben proporcionar a los pacientes.