Según el trabajo, publicado en la revista Pediatrics, el 96% de los menores estadounidenses se someten a un examen auditivo al mes de edad, pero no continúan con las revisiones periódicas establecidas. Este protocolo de intervención temprana es conocido como Early Hearing Detection Intervention (EHDI) 1-3-6:

  1. Al mes de nacer, los recién nacidos deben someterse a un examen auditivo.
  2. A los 3 meses, los bebés bajo sospecha de pérdida de audición deben acudir a revisión con un especialista.
  3. A los 6 meses, los niños diagnosticados deben iniciar la intervención temprana, que incluye, entre otras opciones, la instrucción en lengua de signos o la colocación de un implante coclear.

El motivo por el que se incumplen los últimos pasos del protocolo de intervención temprana puede deberse, según la autora, a las dificultades de la familia para obtener una cita o gestionar el trasporte hasta el centro sanitario, así como a los problemas de financiación de audífonos y otros aparatos auditivos. La falta de tratamiento, advierte, puede desembocar en dificultades del lenguaje.

El fracaso diagnóstico crea discapacidad

Para comprobar la hipótesis, Itano y su equipo examinaron los datos de 448 niños de entre 8 y 39 meses. Todos los bebés presentaban pérdida auditiva en ambos oídos, pero solo el 58% había cumplido totalmente las directrices de EHDI 1-3-6.

A los 30 meses, los científicos midieron el número de palabras -orales o en signos- que los niños conocían, en comparación con sus homólogos oyentes. Un niño oyente de 2 años y medio que sea capaz de manejar una media de 600 palabras tendría una puntuación de 100 en la evaluación de vocabulario.

Con estos parámetros, los autores hallaron que los niños con pérdida auditiva que recibieron intervención temprana alcanzaron los 82 puntos de media, mientras que los niños no tratados se situaban por debajo de los 70 puntos.

“Hemos demostrado que el fracaso para diagnosticar la pérdida auditiva temprana puede crear una discapacidad secundaria prevenible y hacer que los bebés se desarrollen como los niños con retraso cognitivo”, concluye la autora.