El equipo, dirigido por la investigadora del Walter Reed National Military Medical Center, Laura Malchodi, encontró que el 10% de estos menores había consumido algún tratamiento durante su primer año de vida a base de inhibidores de la bomba de protones (IBP), como omeprazol y pantoprazol, o antagonistas del receptor H2 de histamina (H2-bloqueantes), como famotidina o ranitidina, para tratar el reflujo gastroesofágico.

Tras analizar los datos, el equipo concluyó que, en los menores que habían consumido IBP, la probabilidad de sufrir una fractura era del 22%, mientras en el grupo de H2-bloqueantes, la cifra era del 31%. Además, la tasa de riesgo aumentaba a medida que lo hacía el tiempo de tratamiento, especialmente en los menores de 6 meses de edad.

Por otro lado, señalan los autores, no se encontró un aumento de lesiones entre los pacientes que habían comenzado a usar antiácidos después de la edad de 2 años, en comparación con los que lo hicieron a partir de los 5 años de vida. Teniendo en cuenta todos estos datos, el uso de antiácidos en lactantes e infantes sanos debe sopesarse cuidadosamente, recomiendan.

“Muchos antiácidos para adultos se encuentran fácilmente disponibles y sin necesidad de receta”, advierte Malchodi, “estos medicamentos pueden parecer benignos, pero la evidencia sugiere que no son seguros para los niños y que, por tanto, solo deberían ser prescritos en casos confirmados, sintomáticos y graves de enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) y durante el períoro de tiempo más corto posible”, concluye la autora, cuyos resultados se han presentado en el último encuentro de Pediatric Academic Societies (PAS).