El primer grupo, compuesto por 85 recién nacidos, tuvo una alimentación “agresiva”, mientras que el otro grupo (control), formado por 77 niños, tenía un régimen nutricional que difería en la composición y duración, tanto en la nutrición parenteral como en la tolerancia de la nutrición enteral después del nacimiento.

La alimentación “agresiva” tenía mayores cantidades de aminoácidos y lípidos en la alimentación parenteral inmediata al nacimiento, así como una progresión más rápida en la tolerancia a la alimentación enteral. Concretamente, en la terapia “agresiva”, las cantidades diarias de glucosa fueron superiores (7, 2g/kg vs. 6 g/kg) así como los niveles de proteína (2 g/kg vs. 0,5 g/kg) y de lípidos (1 g/kg vs. 0,5 g/kg).

“Anteriormente habíamos sido extremadamente cuidadosos con la alimentación de los bebés prematuros por miedo a que se produjera una enteritis. Sin embargo, nuestro análisis de datos de estudios internacionales mostró que esta nueva estrategia podía ser mucho más exitosa”, asegura Andreas Repa, autor del estudio.

En los niños alimentados con dieta “agresiva” el indice de masa corporal (IMC) fue significativamente más alto y se produjo un crecimiento más proporcional. “El número de bebés que fueron dados de alta con un IMC inferior a 10 fueron mucho menores, según explica dicho investigador”.

Los bebés prematuros suelen depender de la nutrición parenteral durante la etapa postnatal más temprana, especialmente aquellos con un peso inferior a 1,5 kg. En estos niños, la alimentación enteral suele retrasarse por los posibles problemas graves asociados a la prematuridad.

Los autores del estudio consideran que la alimentación parenteral temprana puede minimizar la pérdida de peso, y mejorar el crecimiento y los resultados del desarrollo neurológico. Además, aseguran que puede reducir la mortalidad y los resultados adversos posteriores, como la enterocolitis necrotizante y la displasia broncopulmonar. El estudio se publica en la revista PeerJ.