"Lo primero que se debe hacer es dar a los trastornos de ansiedad la importancia que tienen y tomárselo como lo que son, una enfermedad que tiene tratamiento”, sugiere la doctora Azucena Díez, de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente del Departamento de Psiquiatría y Psicología Médica de la CUN.

El pediatra “debe prestar atención para no confundir los trastornos de ansiedad con otras situaciones” explica la experta, ya que los padres tienden a justificar que “el niño es miedoso, tímido, casero o tiene manías, cuando en realidad pueden ser manifestaciones de trastornos de ansiedad con gran impacto en los afectados”, advierte.

En este sentido, las conductas de evitación, tales como que el niño no quiera hablar en público o participar en actividades colectivas, pueden dar una pista al pediatra. "Si un niño en 3 años de colegio apenas ha hablado cuando en realidad en su casa sí lo hace, puede ser un síntoma”, ejemplifica.

Así mismo, el pediatra puede servirse de una exploración de la historia familiar o del entorno del menor para saber si existen factores adversos de influencia, como fallecimientos, rupturas sentimentales, nacimientos de hermanos o, incluso, cierta “vulnerabilidad genética a desarrollar trastornos de ansiedad”.

Por eso “es importante tener una buena coordinación entre colegios, pediatras y otros servicios sanitarios”, asegura Díez, “el pediatra tiene que contribuir a normalizar la psiquiatría y a que los padres no se alarmen por enviar a su hijo a un especialista”, añade.

Precisamente la inquietud de los progenitores suele ser una fuente habitual de estrés y ansiedad en los pequeños, tanto que los trastornos por sobreprotección suman entre el 40 y el 50% de las consultas de psiquiatría infantil.

“Cuando un niño se cae mientras juega, los padres no deben mostrar demasiada preocupación porque el niño percibe sensaciones negativas y cuando vuelva a jugar puede asociar un miedo desproporcionado”, ejemplifica la doctora.