Ante esta escasez de tratamientos alternativos efectivos, se han abierto nuevas líneas de investigación sobre el uso de cannabis. Uno de los últimos estudios realizados, y publicado recientemente en The Lancet, sugiere que su uso puede reducir la frecuencia de las crisis asociadas a esta patología con un perfil de seguridad adecuado, tanto en niños como en jóvenes que no responden a otro tipo de tratamientos.

Los pacientes seleccionados, con edades comprendidas entre uno y 30 años, habían mostrado resistencia a tratamientos antiepilépticos anteriormente. Las dosis de cannabidol fueron administradas oralmente con cantidades diarias que oscilaban entre los 2 y los 5 mg/kg, si bien se proporcionaban hasta 25 y 50 mg/kg en función del grado de tolerancia.

En la muestra escogida, se incluyeron 162 (76 %) pacientes para el análisis de seguridad y tolerabilidad (con una duración de tratamiento de al menos 12 semanas de seguimiento), y 137 pacientes (64 %) para el análisis de eficacia.

En el grupo de evaluación de seguridad, 33 (20 %) pacientes padecían el síndrome de Dravet y 31 (19%) el síndrome de Lennox-Gastaut. El resto de los usuarios tenían epilepsias de diferentes tipologías y etiologías.

Los investigadores registraron efectos adversos en 128 (79 %) de los 162 pacientes del grupo de seguridad. Entre todos ellos, los más reportados fueron somnolencia (25%), disminución del apetito (19%), diarrea (19%), fatiga (13 %) y convulsiones (11%). Asimismo, se observaron otros efectos adversos más graves en 48 (30 %) pacientes, como estados epilépticos (6 %), incluida una muerte súbita considerada como no relacionada con el fármaco del estudio.

Se estima que la reducción media de convulsiones motoras mensuales es del 36 %, lo que supone un avance importante para aquellos pacientes que no encuentran otra vía de disminuir los síntomas asociados a su enfermedad, y presentan resistencia a los tratamientos disponibles en el mercado.