Según han informado en una nota, el estudio de irritabilidad de pacientes con ictus fue presentado por Naiara Mimentza, neuropsicóloga de la Unidad de Daño Cerebral. En el trabajo han participado un total de 45 pacientes, de los que un 40% ha presentado estos problemas conductuales, más desconocidos.

“Son de sobra conocidas las secuelas físicas, pero no tanto las consecuencias psíquicas, que también alteran la vida de las pacientes y de su entorno”, señaló el director médico del centro, José Ignacio Quemada. “Dentro de las secuelas del daño cerebral, los cambios cognitivos y conductuales marcan el día a día y el futuro de las personas y sus familias, y por ello hemos realizado este estudio”, subrayó.

En ese sentido, recordó que muchos pacientes sufren depresión tras la lesión. “Ahora constatamos que muchas de las personas también presentan otros tipos de trastorno afectico, como la irritabilidad”, añadió el especialista, quien explicó que ese estado lleva a los afectados a ser agresivos y enfadarse, haciendo muy difícil la convivencia.

Reconocimiento de emociones

Por otro lado, el psicólogo Eduardo González, del Instituto de Investigaciones Psiquiátricas y UNIR, expuso los resultados sobre el estudio de la capacidad de reconocimiento de las emociones de las caras de personas con ictus, en el que han participado 51 pacientes de Aita Menni.

Los participantes fueron sometidos a la prueba de evaluación de reconocimiento de emociones (PERE) creada por el psicólogo David Gil. Este test está compuesto por 54 imágenes de sujetos que expresan facialmente las 6 emociones básicas (felicidad, tristeza, enfado, asco, miedo, sorpresa) y una expresión neutra; había sido probada en esquizofrenia, pero nunca antes en pacientes con ictus.

“El 70% de los pacientes con ictus presentaron graves dificultades en el reconocimiento de emociones”, aseguró el especialista.

“Las puntuaciones medias de los pacientes con ictus fueron un 20% más bajas que las halladas en pacientes diagnosticados de trastorno mental grave y un 30% inferiores a las de la población normal”, agregó González, según el cual las emociones que peor se detectaron fueron miedo y tristeza, lo cual corrobora otros estudios.

“Hemos de prestar especial atención a este problema, ya que la capacidad de reconocer las emociones en rostros de otras personas supone la base de aspectos tan necesarios e importantes como la empatía o el ajuste social. Esta circunstancia puede generar un auténtico círculo vicioso en el que el paciente termine aislado socialmente, y con un alto riesgo de padecer trastornos de tipo afectivo lo cual complicaría su proceso de rehabilitación”, concluyó.