Jonathan Weiss y Andrea Maughan, autores del estudio que publica el Journal of Autism and Developmental Disorders, realizaron encuestas previas y posteriores a la terapia a 57 familias con niños de entre 8 y 12 años que padecían autismo, pero no discapacidad intelectual. Al comparar las respuestas con las de los padres que aún no habían empezado la terapia, observaron mejoras en el estado emocional de los padres coterapuetas.

“La mayoría de las veces, cuando los padres traen a los niños a terapia se quedan en una sala separada aprendiendo lo que sus hijos están haciendo”, explica Weiss en una nota de prensa de la universidad. Sin embargo, durante el estudio los adultos debían realizar diversos ejercicios, tales como escribir lo que sus hijos estaban pensando o sintiendo durante las distintas actividades.

“Cuando los padres se implican de principio a fin, como coterapeutas, ven la situación bajo una luz más positiva”, resume el catedrático en trastornos del espectro autista. Al percibir la mejora de sus propias habilidades, los adultos no solo “adquieren mayor consciencia sobre lo que están haciendo bien como padres”, sino que también aprenden a “ayudarse a sí mismos” durante el proceso de educar a un hijo con autismo, reduciendo, por ejemplo, sus niveles de angustia y depresión. Esto, a su vez, repercute en el bienestar del menor.