Esto es posible porque “la actividad física contribuye a disminuir la fatiga, la ansiedad y la depresión”, resume Jaiberth Cardona-Arias, autora principal del estudio. Para probar esta premisa, la especialista y su equipo realizaron un metaanálisis de ensayos clínicos llevados a cabo en personas con esta condición entre 2004 y 2014.

Para escoger estos casos, “se aplicó un protocolo que, a priori, contenía criterios de inclusión, exclusión, evaluación de la calidad metodológica y extracción de la información, aplicado por 2 investigadores para garantizar reproducibilidad”, matiza Cardona-Arias.

Siguiendo un total de 18 estrategias de búsqueda, en 5 bases de datos multidisciplinarias, el equipo acabó por incluir 10 estudios, la mayoría de ellos realizados en Brasil y España. Los sujetos estudiados fueron un total de 441, de los cuales 238 pertenecían a grupos de control.

Previamente a la intervención, “el metaanálisis demostró homogeneidad en los puntajes de Fibromyalgia Impact Questionaire (FIQ) y Medical Outcome Study Short Form (MOSSF-36) entre ambos grupos de estudio. Tras la misma, la diferencia en el FIQ fue de 14,9 puntos a favor del grupo que recibió la terapia con ejercicio físico; mientras que en los componentes del MOSSF-36 fue de 2 puntos.

“La calidad de la recomendación es baja debido a las limitaciones de los estudios incluidos, la variabilidad en la definición del grupo experimental y el bajo número de investigaciones analizadas”, admite Cardona-Arias. No obstante, el trabajo “consolida la hipótesis sobre los beneficios de la actividad física como base para el diseño de ensayos clínicos controlados aleatorizados posteriores”, defiende. Los datos “ponen de manifiesto que el ejercicio resulta estadísticamente mejor”.