Para realizar este estudio, “cuasiexperimental”, Juan Luis Díaz-Cerrillo, autor principal del estudio, y su equipo contaron con la participación de más de un centenar de sujetos de entre 18 y 65 años que padecían LCI pero no fibromialgia ni deterioro cognitivo.

Estos mismos pacientes, procedentes de distintos centros de salud del Distrito Sanitario Costa del Sol, en Málaga, no estaban siguiendo ningún tipo de intervención educativa paralela, presentaban tolerancia al ejercicio físico y no se habían sometido a cirugías dorsolumbares.

El grupo de control, conformado por 64 individuos, participo en la escuela de espalda (EdE) grupal habitual; mientras el grupo experimental, compuesto por el mismo número de pacientes recibió, además, un instrumento escrito para lectura domiciliaria.

En ambos grupos se realizaron 7 intervenciones de aproximadamente 40 minutos cada una; sin embargo, la muestra experimental pudo disfrutar de una puesta en común de la herramienta de lectura, aclaración de dudas, y la reestructuración de metas y creencias durante el desarrollo de las sesiones.

Tras el análisis de los datos obtenidos, Díaz-Cerrillo concluyó que existían diferencias estadísticamente significativas entre el grupo experimental y el de control en la variación del miedo-evitación, concretamente de -14 (−25,5; 0) versus −4 (−13; 0) (p=0,009). Respecto al CAT, la diferencia fue de −9 (−18; −4) contra −4,5 (−8,25; 0) (p=0,000).

Así mismo, añaden los autores, se observaron diferencias en cuanto a la discapacidad, pero no respecto al dolor. Por todo ello, y “considerando los resultados a la luz de las limitaciones”, los científicos consideran que “la naturaleza pragmática del estudio permitiría una potencial transferencia a la dinámica asistencial habitual”.