Los investigadores aseguran que, si bien este material sintético no es tan completo como el tejido original, sí puede suponer grandes avances en traumatología, robótica y ortopedia. Las cualidades que puede aportar a estas especialidades se deben en parte a su morfología en forma de cadenas entrelazadas, una disposición reticular que permite al material moverse en conjunto, estirarse y estrecharse.

Gracias a su contenido de silicio, oxígeno, nitrógeno y átomos de carbono mezclados con sal de hierro, estos músculos artificiales también pueden sanarse a sí mismos. Si se agujerease una parte de este material, los átomos de hierro de un lado del orificio se verían atraídos por el nitrógeno y el oxígeno del otro extremo, lo que cerraría la herida en menos de 72 horas.

La recuperación de los desgarros es tal que incluso cuando los investigadores cortaron y separaron totalmente las piezas de tejido, estas pudieron volver a juntarse. Si, por el contrario, las piezas se ponen directamente en contacto, éstas llegarán a recuperar su capacidad de estiramiento en un 90% y casi el 100% de su fuerza, incluso a temperaturas por debajo de los 20º.

Entre las debilidades de este elemento, la más llamativa es el poco margen de recuperación frente a la activación muscular eléctrica. Mientras un músculo biológico es capaz de volver a su tamaño original tras la estimulación, los polímeros Fe-Hpdce-PDMS no llegan a recuperar su forma. Esto significa que, por ejemplo, las piernas robóticas se doblarían peor que las naturales.

“En nuestro caso, el objetivo no era hacer el mejor músculo artificial, sino más bien desarrollar nuevos patrones en el diseño de materiales estirables y de autocuración” ha explicado el equipo de Bao en la revista Science, donde el también químico Marek Urban, de la Universidad de Clemson (Carolina del Sur) ha resaltado la importancia de los músculos artificiales en la creación de extremidades para robots y humanos con discapacidad.