Por lo general, los huesos se adaptan muy bien a la tensión gracias a la denominada “remodelación ósea”, que permite la adaptación a las tensiones mecánicas a las que está sometida una persona. Los huesos se espesan cuando están sometidos a mucho estrés y se disipan cuando están menos estresados.

El estrés repetitivo puede causar desequilibrio entre el crecimiento y la resorción del hueso, según declaró a la agencia DPA Julia Seifert, médico del Berlin Casualty Hospital. La resorción ósea es el proceso que lleva a la sangre a recoger el tejido óseo que suprime los osteoclastos (células que se pegan al tejido óseo y lo desmineralizan).

Las fracturas por estrés no tienen nada que ver o las fracturas óseas producidas por accidentes o caídas. Las primeras son cambios estructurales que evolucionan de micro daños a fracturas visibles, según declaraciones del doctor Frank Mayer, de la University of Potsdam's Sports Centre.

Estás fracturas son más comunes en los huesos de la pierna (tibia y peroné) y del pie porque llevan la mayor parte del peso, especialmente en deportes competitivos que impliquen correr o saltar. El muslo, la pelvis o las vértebras, por el contrario, no suelen estar afectados por este tipo de lesiones.

La tensión indebida en los huesos se produce cuando se cambia repentinamente de un periodo de inactividad a un régimen de entrenamiento activo, o se empieza a entrenar de manera muy intensa para una competición que se celebrará pronto. Entre los factores de riesgo para las fracturas por estrés está usar zapatillas inadecuadas.

Estas lesiones, más frecuentes en mujeres que en hombres, puede suponer entre 4 y 6 semanas de reposo. Durante este tiempo, el deportista debe suspender sus actividades atléticas, y evitar en un futuro someterse a entrenamientos “estresantes”. En la mayoría de las ocasiones, las lesiones se curan solas por completo.