Según las conclusiones del primer trabajo, la probabilidad de recibir una prótesis era casi 30 veces mayor en aquellos pacientes que podían caminar independientemente antes de la amputación, en comparación con quienes se encontraban inválidos antes de la cirugía. Además, por cada 10 años más de edad, la posibilidad de acceder al material ortopédico disminuía un 53,8%.

En este contexto, los amputados que logran obtener el aparato pueden optar por una prótesis mecánica tradicional u otra con microprocesadores. Esta última, más costosa, ofrece una mayor estabilidad, amortiguación inteligente cuando el paciente permanece de pie o una mayor facilidad para andar hacia atrás. Estas características mejoran las capacidades físicas del paciente y evitan las caídas; sin embargo, según un estudio de la Universidad de Florida, solo los pacientes de alto funcionamiento son elegibles para una rodilla con tecnología de microprocesador.

“El miedo a caerse acaba por reducir la actividad física de quienes tienen rodillas mecánicas”, advierte el economista de salud y autor principal del estudio, Benjamin Mundell. “Si aun así se caen y requieren hospitalización, el costo de la atención es casi tan alto como el de la prótesis con microprocesadores”, argumenta; de manera que “es importante mirar más allá de los gastos iniciales que acarrea la pierna ortopédica y comprender que el coste posterior puede evitarse con una mejor prótesis”.

Para Kenton Kaufman, ingeniero biomédico e investigador ortopédico de Mayo Clinic, el estudio “proporciona evidencias de que puede no resultar tan económico negar las rodillas con microprocesadores a los pacientes con capacidades ambulatorias moderadas”, ya que, además, considera, “nuestras estimaciones probablemente subestimen el coste real de las caídas al no incluir otros indirectos como los gastos de cuidado, el coste de transporte o el de bajas laborales”.