Tal como publica la revista especializada Age and Aeging, el estudio se basó en los datos de 1,5 millones de adultos mayores de 65 años sin tratamiento y 93.000 más que sí utilizaban fármacos antipsicóticos. Tras un seguimiento de 9,6 años, los autores comprobaron que un 16% de los sujetos experimentó alguna fractura de cadera, pelvis o en las extremidades superiores.

La tasa de incidencia de las lesiones resultó significativamente más elevada durante los periodos iniciales de tratamiento; concretamente del 1,97 entre aquellos que tomaban risperidona, del 2,31 en el caso de la olanzapina, un 2,09 con quetiapina y un 2,19 entre los que consumieron zuclopentixol.

Así mismo, los investigadores hallaron una tasa de incidencia de 1,62 para el clorprotixeno, de 1,43 para el flupentixol, de 1,19 para la levomepromazina y de 2,98 para el haloperidol en comparación con la población de control. Tras este análisis, “los resultados confirman la relación significativa entre los antipsicóticos y las fracturas en los adultos mayores”, concluyen.

“Después de iniciar el tratamiento, el aumento del peligro de fractura fue mayor por las caídas que por la pérdida de densidad mineral ósea”, añaden los autores. “Tanto los antipsicóticos de primera generación como los de segunda mostraron un nivel de riesgo de fractura similar, aunque el haloperidol parece tener una relación significativamente más potente que otros fármacos”.

Por todo ello, “los médicos deberían evaluar cuidadosamente esta relación de coste beneficio de los antipsicóticos en pacientes muy mayores”, concluye Dilip Jeste, colaborador externo en el estudio y expresidente de la American Psychiatric Association (APA). Por su parte, Ellen Astrid Holm, autora del estudio, sugiere que “el mejor tratamiento de los síntomas psicóticos en ancianos con deterioro cognitivo son los cuidados adecuados a cargo de enfermeros bien entrenados”.