Para llegar a esta conclusión, el grupo de expertos, procedente de Australia, Noruega, Canadá, Chile y Suiza, analizó los datos de 1.668 pacientes en 13 ensayos controlados aleatorios. Los textos comparaban los resultados logrados por una serie de artroscopias de rodilla con los obtenidos mediante tratamientos conservadores, como el ejercicio o los analgésicos.

Los resultados de la investigación, publicados en el British Medical Journal, concluyen que, tras la cirugía, existía una probabilidad de mejora de menos del 15% respecto al dolor y la función de la rodilla a corto plazo. Con este margen de beneficio, los expertos consideran preferible evitar los riesgos y efectos adversos del postoperatorio, como coágulos o infección.

“Se hace más daño que bien”, resume el doctor Siemieniuk en una nota de prensa que recoge The Rheumatologist. “La mayoría de los sujetos experimenta una mejoría después de la artroscopia que se atribuye erróneamente a la cirugía en sí, cuando, en realidad, puede deberse al efecto placebo, a la acción de los analgésicos o a la evolución natural de la propia enfermedad”, explica el presidente del comité.

“El dolor crónico de rodilla puede ser muy frustrante, pero ninguna de las opciones actuales puede acabar totalmente con él”, insiste el experto de la Universidad de Toronto. “No es de extrañar que muchos pacientes pongan sus esperanzas en las artroscopias de rodilla, pero la intervención tiene limitaciones importantes y, si los pacientes fueran conscientes de esta evidencia, retrasarían la cirugía lo máximo posible”, considera.

Además, señala Siemieniuk, se trata de un procedimiento costoso que puede alcanzar un gasto de 3.000 millones de dólares anuales solo en Estados Unidos. Por eso, “es más productivo que el paciente con dolor crónico de rodilla centre sus esfuerzos en lo que sabemos que funciona; por ejemplo, la terapia física o la pérdida de peso”, propone el experto.