Tal como publica el Journal of the American College of Surgeons, el 50% de los fallecimientos en las primeras 24 horas tras la lesión, así como el 80% de las defunciones en las salas de operaciones, se deben a la pérdida masiva de sangre y el deterioro de la coagulación. El estudio señala también que solo el 3% de los pacientes traumatizados requiere una transfusión masiva en el primer día de tratamiento y, sin embargo, estos enfermos llegan a consumir el 70% de todo el plasma trasfundido en un centro sanitario.

Según explica el autor principal de la investigación, Hunter B. Moore, existen 2 problemas básicos a lo largo del proceso: por un lado, la movilización y escasez de recursos y, por otro, la subjetividad y variabilidad de los sistemas clínicos de puntuación para predecir la necesidad de transfusión de cada paciente, ya que muchos dependen de signos vitales como la frecuencia cardiaca o la presión arterial, y otros requieren múltiples pruebas diagnósticas de laboratorio.

Así, la combinación de análisis que proponen permitiría no solo hacer un mejor uso de los recursos del banco de sangre, sino también personalizar la atención al paciente traumatizado. Para probar la utilidad del nuevo sistema, los investigadores compararon su eficacia con la de las puntuaciones clínicas convencionales utilizadas en más de 300 pacientes traumatizados tratados entre 2014 y 2016. El 17% requirió transfusiones masivas y más del 30% de fallecimientos se debió a hemorragias no controladas

En comparación con otras mediciones, el análisis TEG con t-PA “resultó altamente sensible, específico y hasta 30 minutos más rápido que los demás test”, según los autores. Los datos también mostraron que, al combinar el TEG con la prueba de TP, el valor predictivo de identificación de pacientes con necesidad de transfusión, ascendía al 40%. Además, señalan, los análisis en conjunto eran capaces de identificar al 97% de los pacientes que no iban a requerir plasma, de manera que se podían evitar donaciones innecesarias.